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En Santander, la fuerza de las mujeres no es una historia que deba inventarse: es una que se hereda. Está escrita desde los días más intensos de la independencia, cuando Manuela Beltrán, campesina lectora y valiente, rompió el edicto del virrey en plena plaza pública de El Socorro en 1781, alzando su voz contra los abusos del régimen colonial. Fue también en esta tierra donde Antonia Santos lideró una red patriota durante la Reconquista española, enfrentando la prisión y el fusilamiento con la misma firmeza que enseñó a sus hijas. Su sobrina, María Antonia Santos Plata, fue ejecutada a los 24 años, dejando como legado una valentía que aún hoy inspira.
En este territorio de montañas fértiles, carácter fuerte y memoria viva, las mujeres han sido históricamente pilares del hogar, guardianas del saber agrícola y sostén de la producción cafetera. Sin embargo, su trabajo ha sido invisibilizado, poco remunerado, y frecuentemente ignorado en los espacios de decisión. Hasta ahora.
Hoy, en municipios como Socorro, Guapotá, Valle de San José, Aratoca, Curití, San Gil, Pichote y Páramo, una nueva generación de mujeres campesinas está dando continuidad a esa historia de resistencia. A través del proyecto Caficultoras construyendo prosperidad, liderado por Swisscontact, financiado por una reconocida empresa estadounidense de café y cofinanciado por el programa Colombia más Competitiva de la Cooperación Suiza – SECO, 25 mujeres vinculadas a las cadenas de suministro C.A.F.E. Practices – ECOM están recuperando lo que siempre les ha pertenecido: el derecho a decidir sobre sus vidas, sus fincas y su futuro.
Luz Herminda Gutiérrez siempre supo que su vida estaría ligada al café. Caminando entre hileras de cafetales que trepan por las montañas de Santander, aprendió desde niña a recoger la cereza madura y, más tarde, sacó adelante a sus hijos gracias a los ingresos de su finca de 2,4 hectáreas en la vereda El Urumo, en el municipio de Socorro, Santander. Pero fue solo recientemente, con el apoyo del proyecto, que comenzó a ver su parcela como una empresa y a sí misma como la gerente.
Antes del acompañamiento psicosocial, Luz Herminda atravesaba una fuerte depresión. “No me sentía capaz, ni valiosa. Pero ahora me quiero, me reconozco bonita”, confiesa. Empezó a hacer ejercicio, a cuidarse, a priorizarse. Ese cambio interior también transformó su hogar: “Ahora somos más unidos. Antes había muchos gritos y discusiones, pero ahora hay diálogo y colaboración. Todo lo que se hace con amor se nota”.
Renovó cultivos envejecidos, aplicó nuevas técnicas de siembra, sembró más de 3.000 plantas y empezó a diversificar sus ingresos con gallinas ponedoras. También aprendió a producir microorganismos para el beneficio del café, aprovechando recursos como la gallinaza y mejorando sus procesos poscosecha. Pero lo más profundo de su transformación ocurrió dentro de sí misma.
Con voz firme, deja un mensaje para otras mujeres rurales que, como ella, tal vez un día dejaron de soñar:
A diferencia de Luz Herminda, Nelly Camargo no creció entre cafetales. Su perfil es más urbano, y durante años dependió económicamente de su esposo, hoy radicado en el extranjero. Pero la finca familiar en la vereda Tinagá, en Charalá, terminó convirtiéndose en su centro de vida y desafío.
“Tener una finca es más fácil. Ponerla a producir es lo difícil”, afirma con honestidad.
Aunque su hijo administra la finca, Nelly dedica gran parte de su tiempo a las actividades diarias, necesarias para sostener la finca. Sin embargo, no recibe ingresos por ese trabajo. La finca genera entre un 30% y un 40 % de ganancia por cosecha anual, pero su esfuerzo aun no es remunerado como ella considera justo. A través del proyecto, ha recibido acompañamiento psicosocial, ha iniciado procesos de apoyo psicológico y de empoderamiento, y ya tiene en mente su próximo paso: criar gallinas como fuente propia de ingresos.
Nelly representa a tantas mujeres que, de repente, deben asumir el liderazgo de la finca sin preparación previa, en medio del dolor, con todas las cargas sobre sus hombros. Su historia es también la historia de un despertar.
Asumir la gestión del predio, enfrentar el duelo, liderar el hogar y mantenerse firme la empujaron a repensarse como mujer y como caficultora. “Hoy sostengo la finca en el día a día, aunque no reciba un pago por ello”, reconoce. Pero su visión ha cambiado. Piensa en nuevas fuentes de ingresos, como la cría de gallinas, y se declara convencida de que las mujeres deben liderar el futuro rural. “La pandemia fue mi lección de vida, porque allí entendí que mi mayor bendición era la finca”.
El proyecto Caficultoras construyendo prosperidad nació de una observación que se repitió con demasiada frecuencia como para ser ignorada: mujeres al frente de fincas, tras la pérdida de sus esposos o por ausencias prolongadas, viviendo procesos de duelo, ansiedad o sobrecarga emocional.
“Vimos cultivos abandonados, desmotivación, deterioro”, explica Amalia Muñoz, directora de Sostenibilidad de ECOM Colombia. “Nos dimos cuenta de que, si no atendíamos lo emocional, no podíamos avanzar en lo productivo”.
Así nació un modelo pionero: combinar el fortalecimiento emocional con la formación técnica. Una intervención que va desde las emociones hasta la rentabilidad de los cultivos, y que ha transformado fincas y familias.
La psicóloga Sandra Luna Delgado, responsable del acompañamiento psicosocial, lo tiene claro: “El empoderamiento no es un discurso, es un proceso doloroso y valiente. Muchas mujeres aprendieron que tienen derecho a descansar, a decir no, a liderar sin culpa”. Sandra trabaja con un enfoque cognitivo-conductual, adaptado a la realidad de las mujeres rurales de Santander y que les permite actuar desde el primer día.
Sandra también enfatiza en la importancia de trabajar con los hombres. “No se trata de desplazar al otro, sino de construir nuevas formas de convivir. Cuando el hombre comprende que no pierde poder, sino que gana bienestar, se abre la posibilidad del cambio”.
Los resultados hablan por sí solos: mujeres que ahora siembran con propósito, que ahorran, que sueñan. Fincas certificadas, gallinas que ponen huevos y sueños que echan raíces. “Muchas me dicen que se sienten distintas, que les cambia el rostro. Eso es libertad. Y para una mujer que ha estado atrapada en el dolor, eso no tiene precio”, concluye Sandra.
En una sociedad, donde aún pesan estereotipos de género y donde expresar las emociones sigue siendo un desafío, el proyecto Caficultoras construyendo prosperidad ha permitido que muchas mujeres se reconozcan no solo como trabajadoras del café, sino como líderes de su propio destino.
Esta apuesta por su autonomía económica y emocional no busca desplazar a nadie, sino sembrar nuevas formas de convivencia y desarrollo en el campo.
“Las mujeres están listas para liderar. Solo necesitan sentirse capaces”, afirma Amalia.
Hoy, entre cafetales, gallinas y proyectos personales, las 25 mujeres participantes ya empiezan a transformar sus vidas. El 89% reporta mejora en su bienestar emocional, el 68% mayor autoconfianza, y todas han participado en procesos de empoderamiento y atención psicosocial. El proyecto espera que al menos el 60 % de ellas logren una mayor estabilidad emocional, que el 30 % desarrolle un plan de negocio propio, y que al menos la mitad fortalezca actividades productivas más allá del café, incluyendo formación en educación financiera y gestión empresarial.