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Marina Castro abre la puerta de su casa en la vereda La Unión Cocaya, en Puerto Asís, y, sin exageraciones, recuenta lo que le costó llegar hasta acá: la finca, la familia, la primera cosecha.
“Al comienzo no sembrábamos açaí porque ni siquiera sabíamos que se podía cosechar ni había a quién venderle. Solo hace unos seis años empezamos a cultivar poquito, muy poquito. Recuerdo que mi primera cosecha fue de 300 kilos, algo que para mí fue grandioso porque no sabía ni que esas palmas producían. Vendí el kilo a 800 pesos, y me sentí feliz. Con el tiempo, la producción fue aumentando: luego 1.500 kilos, después toneladas”, dice con la mezcla de orgullo y asombro de quien recuerda el pequeño inicio que hoy sostiene a una familia.
Con esos ingresos pagó deudas, invirtió en la casa y vio a sus hijos estudiar; ahora sus cosechas alcanzan las más de dos toneladas en temporada.
Como ella, otras mujeres aprendieron a leer el territorio desde la práctica. Esther Julia, ingeniera ambiental y productora, lo explica sin romanticismo: “El açaí es una palma endémica, no requiere tala masiva y tiene beneficios enormes para la salud. Por eso decidimos protegerlo, no reemplazarlo”. En fincas de cerca de 6,5 hectáreas, las decisiones diarias combinan conservación y necesidad económica.
Flor María, productora de asaí, habla desde otra preocupación: el mercado. “Nosotros no queremos quedarnos solo en vender fruta. Queremos transformar, exportar y demostrar que desde aquí también se puede”. Su mirada no se queda en la cosecha, sino en lo que viene después: participar en la transformación, acceder a nuevos mercados y tomar parte en decisiones que determinan el rumbo del negocio.
NutriSelva no nació como empresa: nació como necesidad. Emilse Patricia, representante legal de NutriSelva, lo recuerda desde la práctica diaria: aprender sobre administración, horarios, pagos, registros sanitarios sin haber pasado nunca por una escuela de negocios. “Eso no es solo un número, es organización”, dice cuando habla de las 29,5 toneladas de fruto procesadas en 2025, que se convirtieron en 18 toneladas de pulpa con registro INVIMA.
Las mujeres no solo sostienen la operación: sostienen las decisiones. Representan alrededor del 41 % de la asociación y lideran tanto la planta como los procesos administrativos. “Hemos sido motor, líderes y organizadoras”, afirma Esther. Ese liderazgo se construyó mientras la planta se detenía hasta nueve meses al año por falta de volumen, mientras tocaba cuidar la fruta de robos o procesarla el mismo día para no perderla.
El acompañamiento técnico llegó para ordenar sin imponer. Desde el proyecto Frutos del Bosque, financiado por el Programa UK PACT (Partnering for Accelerated Climate Transitions) y ejecutado por Swsscontact en alianza con Selva Nevada, Eimi, ingeniera agrónoma, relata cómo el conocimiento se construyó de dos vías: “Con el apoyo de la Universidad Nacional, se han realizado talleres de co-creación, en los cuales los productores participaron en el diseño de posibles prototipos de productos derivados del açaí. A partir de 100 kg enviados para pruebas, la universidad identificó componentes del fruto y abrió el espacio para que los asociados propusieran ideas de valor agregado”.
Vinos, chocolatería, infusiones y otros prototipos nacieron de esos espacios, hoy evaluados por la universidad para definir qué puede escalar sin romper el equilibrio local.
Para muchas mujeres de ASOPARAÍSO, el mayor temor no es la cosecha: es la continuidad. Emilse lo dice sin rodeos: la planta existe, la asociación existe, pero si los jóvenes no se vinculan, todo se debilita. Gerardo Arias, lo confirma desde la junta directiva de NutriSelva: “Si los jóvenes no se quedan, esto no sigue”.
Por eso, uno de los ejes del proyecto Frutos del Bosque ha sido la igualdad de género y la inclusión social (GEDSI), con énfasis en mujeres jóvenes e hijos e hijas de productores. La política construida con la asociación busca que el negocio también sea un proyecto de vida, no solo un relevo forzado.
Deccy Barra, presidenta de la Cámara de Comercio del Putumayo, lo observa con perspectiva territorial: “La gobernanza es clave si queremos que los empresarios no dependan de proyectos temporales”. Exportar, formalizar y acceder a nuevos mercados requiere estructura, pero también confianza en que el proceso vale la pena.
En Putumayo, la bioeconomía no se declama: se sostiene. Y muchas veces, como lo muestran estas historias, se sostiene en voz y manos de mujer. No como una consigna, sino como una práctica diaria que, racimo a racimo, está reescribiendo el futuro del bosque.